El
tirano
Ya
solo escribo para ti,
Señor despótico y sombrío que me observas
del fondo de tu cámara lujosa.
Ya
solo escribo para ti,
dominador de mis actos y de mi voluntad,
pálido tiranuelo,
que me miras con tus ojos helados,
por los que se deslizan sombras turbias y cambiantes,
bajo los arcos de tus cejas inconmovibles,
lo mismo,
que corren las aguas grises de los ríos
bajo el arco do los puentes inmutables.
Ya
solo escribo para ti,
hombre frío y pensativo,
que permaneces sentado
horas y horas, descansando
tu barba en el puño hercúleo y poderoso,
mientras me analizas,
y dejas caer las horas entre tus dedos
como la arena cae en las clepsidras.
Ya
solo escribo para ti,
monarca silencioso, ebrio de vanidades egoístas,
que me haces sufrir por las callos
de este Montevideo colonial y puro,
y me has convertido en un ser
callado, taciturno, y desdeñoso como tú;
pues soy reflejo tuyo,
aunque crean lo contrario los buenos aldeanos
que comparten mi vida exterior.
Ya
solo escribo para ti,
para que seas eterno…
Y estés vigilante siempre,
oh, tú, fecundo y firme Orgullo mío!
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