De pronto, la
piedra supo que era una casa.
Descubrió a la madera y abrió sus ventanas.
Imaginó una niña, una mesa.
Afuera la luz, a su alrededor el viento.
Los patios salían de sus puertas
y la seguían con la mirada.
La vieron en medio de pueblos solitarios,
de los bosques de tantos sitios perdidos,
de tantas casas deshechas entre los escombros.
Si lloraba, dormía tranquila.
El miedo le cerraba los ojos,
el silencio era una forma de oscuridad
y el sonido le permitía ver.
El murmullo de una hoja cayendo
dibujaba un pájaro sobre su cabeza.
Y los peces cruzaban ríos a su alrededor.
La más triste noche
de un sueño seguido de otro sueño,
empujada a correr, regresaban sus pasos,
detrás de la ventana se detenía la vida
y el tiempo quedaba apresado en sí mismo.
Únicamente la casa existía,
como una niña que mira inmóvil.
Cerró la boca:
el mundo tenía
los límites de la mesa.
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