a Javier Bello
De
hábitos crepusculares y nocturnos
el cangrejo de río no hace del todo honor a su nombre.
Se oculta en intrincadas cavernas bajo tierra
complejas galerías en donde pierde la memoria
mientras teje raíces a tientas
cultiva a ciegas flores imaginarias
entre las cuales divisar alguna vez una estrella.
Allí
riega un jardín improbable
cava convencido su centro
y deja colgando un hilillo porfiado de espuma
con el que hallar el camino de regreso.
De
este modo, ignorante de su error
se sumerge en el fondo de las cosas
mientras cree estar trepando un árbol
a punto de tocar el cielo de las ideas.
De
hábitos crepusculares y nocturnos
el cangrejo de río no reconoce un río cuando está frente a él
no puede recordar la arena quien nunca conoció el mar.
¿Qué es una noche, después de todo?
parece preguntarse.
Alguien
responde:
la noche es la eternidad a gotas
la carroña apilada a la vera del camino
el vendaval que sopla sobre la huerta
la tormenta que obstruye los cauces de agua.
De
hábitos nocturnos
en ese paraíso inverso que es su hogar
el cangrejo de río no conoce el río
pero ha encontrado demasiado cerca de él su hábitat ideal:
donde el mundo se escala al revés
donde todo es un vacío por tallar.
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