Tristeza
de comprobar que la pirámide yacía sepultada bajo toneladas de tierra y rocas,
que los altares de piedra habían sido desecrados, que las estelas fueron
destrozadas por bárbaros codiciosos en busca de oro. Aquella hermosa
construcción, recubierta con una capa de piedras de un intenso tono verde,
relucía en la meseta y podía ser apreciada desde kilómetros de distancia en los
tiempos de esplendor. Ahora permanecía invisible para las miradas, fracturada
en su mayor parte, de igual manera que la maravillosa Puerta del Sol,
construida en un solo bloque de piedra andesita y tapizada de misteriosos
relieves, entre los que destacaba la luminosa imagen de Wiracocha, centro de la
cosmogonía Tiwanaku. Alrededor de su figura hierática, plena de solemnidad, se había
levantado esa ciudad magnífica, alimentada por sus rayos de piedra.
Los
ojos del dios dibujado sobre la Puerta habían sido animados en el pasado remoto
por el hálito del sol, y ese soplo se había extendido por las venas de la
ciudad y de los hombres que la habían poblado en forma de lenguaje, maíz,
presencias tutelares, terrores sin nombre, un mundo habitado por figuras
terribles y compasivas al mismo tiempo.
Los
ojos de Wiracocha, el dios dibujado sobre la piedra, lucían apagados en la
tarde nublada. Aún está lejos la apoteosis, el solsticio que volverá a darles
vida, me imaginaba, me repetía entristecido en el camino de vuelta a La Paz.
De:
“Las puertas del Edén”
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