lunes, 2 de febrero de 2026

MANUEL ILLANES

 

 

 

Tristeza de comprobar que la pirámide yacía sepultada bajo toneladas de tierra y rocas, que los altares de piedra habían sido desecrados, que las estelas fueron destrozadas por bárbaros codiciosos en busca de oro. Aquella hermosa construcción, recubierta con una capa de piedras de un intenso tono verde, relucía en la meseta y podía ser apreciada desde kilómetros de distancia en los tiempos de esplendor. Ahora permanecía invisible para las miradas, fracturada en su mayor parte, de igual manera que la maravillosa Puerta del Sol, construida en un solo bloque de piedra andesita y tapizada de misteriosos relieves, entre los que destacaba la luminosa imagen de Wiracocha, centro de la cosmogonía Tiwanaku. Alrededor de su figura hierática, plena de solemnidad, se había levantado esa ciudad magnífica, alimentada por sus rayos de piedra.

Los ojos del dios dibujado sobre la Puerta habían sido animados en el pasado remoto por el hálito del sol, y ese soplo se había extendido por las venas de la ciudad y de los hombres que la habían poblado en forma de lenguaje, maíz, presencias tutelares, terrores sin nombre, un mundo habitado por figuras terribles y compasivas al mismo tiempo.

Los ojos de Wiracocha, el dios dibujado sobre la piedra, lucían apagados en la tarde nublada. Aún está lejos la apoteosis, el solsticio que volverá a darles vida, me imaginaba, me repetía entristecido en el camino de vuelta a La Paz.

  

De: “Las puertas del Edén”

 

 

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