Parte
de la abundancia
Cuando
ella lleva la comida hasta la mesa y se inclina
—haciéndolo por amor— y sirve la sopa con su buen
olor que hace cosquillas, o el frito guiñando desde el fuego,
y yo levanto la vista, quizá de un libro que estoy leyendo
o de otro trabajo: hay una importancia de la belleza
que no puede explicarse por el aquí y el ahora,
y me asalta, aunque nunca separada de la bienvenida
de la comida, ni de la gracia de sus brazos.
Cuando
pone un manojo de tulipanes en una jarra
y vierte agua y aparta hacia un lado
los tallos erguidos y las hojas que se oyen crujir,
o los afloja, o los sostiene en alto para mostrármelos,
de modo que veo el enredo de sus cuellos y cálices
junto a los rizos de su cabello, y el cuerpo contra el que reposan,
y el tallo de la pequeña cintura alzándose
y floreciendo en la forma de los pechos;
Ya
sea trayendo las flores o la comida,
ella ofrece abundancia, y es parte de la abundancia,
y ya la vea inclinándose, o apoyándose con las flores,
lo que hace es tan antiguo como los siglos, y ella no es simplemente,
no, sino hermosa de esa manera.
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