Tristeza
Adónde
ir, dónde escondernos en la ciudad,
en esta sala estival de espera.
Ni un ave se atreve a cruzar el aire;
si la chasqueas, cualquier piedra se encenderá.
Transcurren
lentas las horas de la tarde,
como si alguien aprendiera a tocar;
y se quiebran contra los barcos azules
tatuados en nuestro pecho.
Bajo
el sombrero ardiente del sol
de dos en dos sin fin erramos,
con la espera eterna y triste
de pensadores de provincia.
Se
seca el río, pero seguimos plantados
en el silencio fervoroso del puente.
Y largamente filosofamos, discutimos
sobre la flora y fauna del océano.
De: “El
solitario”
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