miércoles, 1 de julio de 2026

BERNARD SPENCER

  

  

 

Barco

 

Desearía que hubiera algo de estos barcos en mi vida;
por decirlo así, una capa de alquitrán,
el toque de un desorden inspirado y algo más que eso,
algo también más
que la movilidad de las velas o de un motor primitivo y traqueteante,
bajo aquella diminuta ventana de invernadero,
que devora aceite y gasolina quizá
pero seguirá latiendo a pesar de tantos esfuerzos,
sin necesitar, con suerte, demasiadas reparaciones,
con suerte durando años sobre años acumulados.

Debe de haber una clase de envidia que me lleva a mirar
y husmear los barcos a lo largo del muelle de la isla,
ya sea en la mañana calurosa
cuando la luz como encaje tiembla contra sus cascos desde el agua,
o cuando las puntas de sus mástiles
siguen trazando líneas entre las estrellas.
(No hablo aquí de los yates privados de los clubes
que atraviesan el puerto como magníficos gatos blancos
pero se apartan y permanecen sobre todo entre ellos.)

Mira por ejemplo el Bartolomé, con la cubierta llena
de agua mineral y cajas de cerveza
y grandes barriles resonantes de vino del continente,
comercio entrañable;
y tablones de madera y barras de hierro para la construcción
y, curiosamente, un cerdo de orejas voladoras
hundiendo el hocico mojado en cuanto explora.

O la Virgen del Pilar, cubierta y cansada de redes caídas,
con estrellas de mar y trozos de bacalao secándose en el techo del puente,
algo de vino, los restos de la cena sobre un plato esmaltado
y pantalones y camisetas “passim”;
ambos barcos hediondos y perdonables como algunos grandes hombres,
ambos necesitados de pintura,
pero ambos, se observa, mucho mejor armados que nosotros contra los golpes
por un cinturón de neumáticos viejos lanzados alrededor de sus costados como defensas.

Y teniendo en sus tablones torcidos y en la punta de sus proas
la nunca suficientemente alabada
autoridad de una gran tradición, la forma marina
simple y verdadera como un jarrón,
algo que permanece también en la cabeza tallada de un águila
o en aquel perro de madera de ojos blancos ladrando bajo el bauprés.

Cualidades claramente admirables. Como también lo es su respuesta a la ocasión,
cómo celebran ciertos momentos
y de pronto florecen con banderines y se alzan como mayos marinos
en el día de un Santo cuando un cañón estalla desde las fortificaciones,
y un eco de cañón devuelve otro estallido
y todas las viejas campanas de cocina comienzan a martillear desde las iglesias.

Admirable otra vez
cómo uno de ellos, quizá mañana, habrá partido sin sirenas ni alboroto,
simplemente ausente de su lugar entre los otros,
ocupado, sin darse importancia, en los miles-de-
millones-del mar.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario