Ventana
Me
pongo de puntillas para alcanzar la ventana entornada.
Detrás están las mujeres: redondeadas por el vapor, hermosas.
¡Quién pudiera encaramarse, para verlas, a la pared vertical!
O que estuvieran aquí mis amigos para auparme.
¡Cómo
corren y se persiguen! Su corretear recuerda
al de un rebaño que invadiera el Ocaso…
¿Por qué clase de embudo el Señor habrá soplado sus senos,
que su cimbrear se oye hasta en la calle?
A
mediodía asciende una hormiga roja.
Alcanzará el espectáculo y morirá en el alféizar con entusiasmo
ofuscado. Me alzo de puntillas arañando la pared
y mi cuerpo como cal bulle apagado.
Nunca
pasé de la ventana. Esto fue todo.
Con la lengua fuera, apenas contengo la respiración.
Y no hay quien me tienda una mano, ni quien desvíe el agua
hacia el desierto donde mi esperanza se sofoca como un pez.
¡Estoy
sufriendo en vano! No hay nadie que me ayude a verlo todo
aquí, en el cielo, o en la inmensidad del arte.
¿Por qué nos preguntamos tan a menudo quién entre nosotros es el poeta?
¿Por qué permanecemos de puntillas uno frente al otro?
De: “El
solitario”
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