Siento
un cosquilleo de mono trapecista
Dibuja
una valenciana a lápiz las calles de Glasgow. Se posa una paloma blanca sobre
mi lepra. Me fumo un cigarrillo y canto en el prostíbulo de las noches
oníricas. Oigo, más allá del Xiaomi, el río: el murmullo de sus habitantes, el
reflejo de unas moscas, las piedras soleadas. El aliento de un caballo en el
cuello me despierta como un tulipán en medio del abismo. Soy la fotografía de
mis fotografías. Cada instante es una carta de despedida. Tres cerezas. Un arpa
junto a la catedral de Málaga. Nuestros cuerpos. Hoy he dialogado con una
estrella. No tenía nombre. Su pestañeo izquierdo me recordó a mi familia. Su
pestañeo derecho me recordó a mi familia. Tengo tatuado en el antebrazo una
idea de Gandhi. Tengo en mi librería versos de Alberti, escritores fantasmas
que brindan coñac.
He
creado en mi libreta un sistema solar donde el sol gravita alrededor de la
luna. Un tigre de Malasia la defiende. Hay un sombrero de cowboy en el suelo
gris, y suenan a lo lejos, en el espacio, campanas invisibles. Dan las dos, las
tres, las cuatro. Dan las cinco, las seis, las siete. Aún no es hora de cenar.
Plantado sobre la pisada de Neil Armstrong, un árbol lleva inscrito en sus
hojas los nombres de doce niños soldados. Las miro una a una, se deshacen
lentamente en arena y se convierten en pétalos anaranjados abandonados en el
aire.
Viajar
hasta el sol y colocar una flauta en sus pulmones.
Volver
a las cavernas y pintar en las paredes:
los
mantras de Siddarta.
De: “El
labio del payaso”
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