Fragmento
19
El
ojo incalculable (II)
Es
hora de desmontar la tramoya de los sueños.
Meterla en una bolsa de pan Bimbo,
cerrarla con un nudo en el pescuezo
—igual que con los restos de pescado—
para que no desprenda su olor indeseable
cuando se tardan días en tirar la basura.
Ha
llegado la hora de salir a la calle
y sumarse al siniestro desfile de los zombis,
al caminar estéril de millones de seres replicantes
donde, otro día más,
seguiremos pasando inadvertidos.
Todos
somos dibujos bajo un papel de calco,
los hijos de un facsímil,
nietos de la matriz de un aguafuerte.
El
ojo incalculable nos vigila.
Anuncios
luminosos inundan las ciudades
donde deambulamos
y en todos aparece el mismo eslogan:
Lo que esperasteis hoy vendrá mañana.
La
casa del dolor abre sus puertas.
El
ojo incalculable cierra el párpado.
De:
“Taller de relojería”
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