sábado, 23 de mayo de 2015

JOSÉ CARLOS BECERRA


 

La corona de hierro

 

Yo podría también en este umbral, junto a la precaria
    armadura de tu olvido,
enumerar los hechos construidos y destruidos por el amor;
yo podría si alguno de los dos lo quisiera, si alguno de
    los dos mirara hacia ese sitio,
en el remoto estallido de algún verano,
en el arco de un día de serpientes, en la claridad de una
    convalecencia gozosa
en el reflejo de una tarde abandonada en el túnel de lo
    que no pude decir,
y esta enumeración inventora de frutos y luces de guerra, 
    donde el corazón ennegrecido chisporrotea
igual que una hoguera que el invierno luce en el pecho
    como un coral amargo.

Yo podría tal vez en otros vestigios,
en otros vendajes donde la herida haya sido apagada,
en la otra historia de tus ojos donde el abismo vuelve a ser
    la florecilla silvestre
de los días de la infancia;
yo podría, te digo, enumerar aquí esos hechos
y también aquellas tardanzas que las lluvias de octubre
    practicaron en mi pecho,
esa humedad de lo muerto que a veces no comprendemos
y cuyo olor impregna nuestra alma de sumisa nostalgia.
Podría entonces con mis carencias de mar,
con mi máscara que no fue tallada en ningún taller audaz
    del alma,
caminar por esos actos que tú y yo transcurrimos, que tú
    y yo hicimos pasar.

Ninguna otra fuerza entonces, ninguna otra religión que alimentar con esa cierta placidez del desamparo
por esa libertad congénita ante la enfermedad de los dioses;
sólo esas palabras con su aire de carne, con su bosque de
    sangre,
con sus extrañas colindancias con el hierro,
enumeradas al borde del mundo por aquellos que deciden
    partir
y extraviar la semejanza de su lenguaje con el lenguaje de
    los poseedores de su ciudad.

Aún entonces tal vez, y siendo así no lo supimos, cuando
    la noche, ella misma,
puso en las sienes de la ciudad la antigua corona
y la soledad era un perrillo faldero que lamía las manos
    de sus dueños,
y los astros, más acá de su lejanía, retocaban el olvido
    de los hombres
y todos se acomodaban en sus propias estatuas
para describirse a sí mismos aquello que llamaban
sus incertidumbres.

Ésa sería la súplica y el desdén, tu tierno ademán,
el autobús donde no consigues escaparte,
la habitación donde no consigues la paz,
el libro que no te regresa la antigua pasión, el rojo
    descubrimiento;
ése sería el nuevo encuentro, la antigua manera de
    comenzar, de devolvernos;
tu cuerpo desnudo envuelto por la penumbra de la
    cortina como por una desnudez más amorosa aún y más
    imposible,
la aparición del mar en la mano que lleva la caricia como
    una lámpara,
todo lo que al besar un cuerpo nos incumbe;
tus senos donde la blancura enciende sus primeras señales,
tu vientre donde la oscuridad alumbra mis manos,
tus cabellos de día de lluvia,, tus ojos de anochecer  sobre
    los edificios y sobre las cúpulas,
mientras bajamos los escalones del deseo escuchando el
    golpe del viento en las más altas ventanas,
y en todos los sitios donde la noche enciende los cuerpos
    enlazados
como antiguos y eternos sistemas de navegación.

Y toda tú caída de tus ojos, parte de ti caída de tu alma,
sin súplica elocuente,
herida por el beso que te reconoce y te alza, te desordena
    y te copia en todos los modos del amanecer,
entraste en ese rumor, en esa sombra que me envolvía
lejos de aquellas costas donde el olvido y el mar alzan la
    noche
y la palidez de las manos da a lo acariciado un atavío
    remoto que no alcanzamos nunca.

Vasto conocimiento y vasta ignorancia;
en la noche de esa mirada, en la ciudad oculta por las uñas
    de sus habitantes,
por el cansancio de sus desórdenes y la prisa de sus
    incertidumbres,
¿qué otra palabra, qué otra caricia
donde el coro de las antiguas sirenas saque a relucir los
    gestos de nuestra infancia caída,
de nuestra anciana infancia a la sombra implacable del mar?

Si, yo tal vez pude decírtelo, tú pudiste tal vez escucharlo,
o tal vez soltando la cortina que te envolvía, alzando los
    hombros
o tarareando una canción que no recordabas bien,
    caminaste,
cruzaste frente a mí o hablaste mientras te vestías en la
    otra habitación,
diciéndome: “Está bien, está bien, ¿pero estamos seguros
    de algo?”

Y esa seguridad que me hubiera gustado invocar,
esas constancias de las que tu cuerpo quizá guarda
    memoria,
o esos momentos en que yo despertaba y aún con los ojos cerrados, heridos por el sol,
repetía como tú: “¿Pero era seguro? ¿Pero era verdad?”
Y recordaba tu sonrisa que mezclaba la noche con el alma
    más íntimamente que lo oscuro,
y combatía con ese ademán estricto del vacío,
con la pereza del desconsuelo que casi era el alivio,
la sordera final,, la calle en silencio.

Y fue así como todo fue cumplido, como no debiste 
    preguntarme;
fue así como se hizo innecesario responderte
cuando ya no queda otra alabanza, ningún otro sonrojo,
    ninguna otra adversidad,
ningún otro olvido,
que aquellos que establecen nuestros propios silencios.

Así se ha cumplido todo,
y ahora en este sitio
somos discípulos de esta noche milenaria y confusa,
de esta música atroz, de esta ciudad, de estas palabras
    donde es necesario dejarte y dejarme.
Alimentados por el pan cautivo y la leche cautiva
aquí recordamos y olvidamos, aquí nuestros ojos cambian
    de ojos,
aquí entregamos el sueño.

…y por las calles de la ciudad el invierno se yergue
como un guerrero blanco.

 

De “Relación de los hechos”

 

 

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