Leibniziana
Cada
no mucho tiempo me preguntas,
con una exactitud casi inquietante:
—Papá, ¿por qué existimos?, ¿por qué no no existimos?,
¿por qué en lugar de nada hay algo, apenas
algo así diminuto como el mundo,
a la vez tan pequeño e insondable?
Y yo,
que no tengo respuesta para esto
ni para otros asuntos también muy principales
—el amor y la muerte, la inestable distancia
que separa lo justo de lo injusto,
el origen del mal, sus rendimientos—,
y yo
quisiera ser
un héroe cultural, ladrón del fuego
para ti, mi escuchita, un bodhisattva
señalando la luna con un dedo
de luz y de acertijo,
más allá de la vana enciclopedia,
más allá de Voltaire y de su bilis,
para ti ser un cándido derviche
de vuelta del viaje a las estrellas.
Pourquoi
y a-t-il quelque chose plutôt que rien?
Porquoi il n’y a pas rien?
Yo,
que siempre ando a tientas y voy siempre
pisando la dudosa luz del día,
prefiero no mentirte y te respondo
lo que dicen los héroes y los sabios,
lo que canta el poeta,
lo que callan el buda y el derviche,
por que tú sola escojas de todas las respuestas
la que más le convenga a tu zozobra.
Y añado: «yo no sé con cuál de ellas quedarme».
A
veces, además, me saco del bolsillo
la pluma de un gorrión,
la concha de una lapa que el mar haya lavado
hasta el último nácar, transparente
y fina como el aire, el esqueleto
de un erizo de mar,
la cápsula aún viscosa de un azahar de China
o un grano de mostaza
y te lo muestro.
Todas estas pequeñas y frágiles nonadas
o mónadas desnudas en cambio permanente,
Kunstformen der Natur para que nunca
olvides la presencia, la extrañeza
de estar aquí y ahora en este mundo,
el mejor de los mundos imposibles.
Y
riego con amor esa semilla
que te crece del alma hasta el cerebro
lenta como un coral y tan expuesta.
Porque en esas preguntas inquietantes
está la poesía que ha sido y que aún no ha sido
y ya sé que no soy un padre muy sensato.
De:
“Plenitud y vacío”
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