La
mujer superflua
Fantasmas
clamando por los corredores de los años,
recordando palabras
cuyos ecos murieron hace mucho,
y el musgo amable creció
sobre las piedras afiladas y manchadas de sangre
que cortaron nuestros pies en los antiguos caminos.
Pero
¿quién aguardará mi llegada?
Largos
días atareados donde muchos se encuentran y se separan;
empujadas a un lado,
horas recordadas de esperanza;
y calles de ciudad
oscurecidas y ardientes con multitudes ansiosas
apresurándose a casa, donde espera el respiro.
Pero
¿quién me buscará al caer la noche?
La
luz, desvaneciéndose donde las chimeneas cortan el cielo;
pasos que pasan,
sin detenerse en mi puerta.
Y, muy lejos,
detrás de la hilera de cruces, sombras negras
extienden largos brazos ante el sol que agoniza.
Pero
¿quién me dará mis hijos?
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