miércoles, 6 de enero de 2016

LUIS ARMENTA MALPICA




Cante hondo



El amor envejece con el cuerpo.
Aunque en la desnudez perfecto es siempre.

(Es la carne. Es la espada.
Toda fiesta bravísima donde nos reencontramos
uno enfrente del otro
—con la bestia).

Sabemos lo que dura:
media tarde, un insomnio, seis años
una vida. ¿Cuánto podría durar hasta que no se agota?

(En el amor los hombres se montan a otros hombres
les hincan las espuelas, los jalan de la brida.
Y ya después, cansados, sudorosos, les dejan en los belfos un bote de cebada.)

Es por eso que quiero humedecer despacio la tierra de tu nuca
los lentos girasoles de tu pecho
tu vientre, tus rodillas, cualquier páramo en llamas donde habites.
Decir ahogadamente cuánto te amo
—mis brazos en tu cuello
                horca de sal            mis manos—
y por qué la razón de repetirlo.

(Uncidos los caballos con un yugo
a la par
sometidos y sedientos
no serán pieza fuerte del tablero
ni quien enfrente al hombre con el toro.)

Que no me falte el agua es lo que pido:
que no me coma viva la sed que me atraganta.

El amor dura el tiempo necesario
para decir tu nombre y me respondas.

La última consecuencia del olvido es el silencio.
La forma más antigua de estar solo.




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