A Agustín Sánchez Antequera
CADA
vez que pasan los caballos
nos decimos adiós
con la misericordia de quien siempre ha sentido
cercanía en las manos.
Nada
supo perturbar el silencio.
Nosotras, olvidadas, suplimos la alegría con constancia.
La constancia del sueño impertinente,
a cualquier compás del día,
la constancia de cocer cada patata,
la constancia de la herida y su medicamento,
la constancia de lavar.
Nosotras,
las de entonces, las iguales,
las que ya no ven el cielo,
siempre
que nos despedimos
pasan los caballos.
De:
“La hermana aprendida”
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