Gradación
nocturna
Prendo
velas como si creyera, como he visto a la gente en algún templo. Huelo a
fósforos, a humo que se espanta, a súplica; no importa qué mastico ni que la
leche manche de culpa los colmillos. No importa la uña que hurga y entra y
entra y nunca sale ¡qué imprudencia! No importa el peso de la falda o el
susurro de mi abuela al viento —es el mismo clamor—, ni el escote, los pezones,
las llagas en los pies ajados. Duelen las mitades cuando el divisor no es par y
la tarea se mofa en los números primos. No hay colección de dedos ni de
nombres, el desapego a la cama que se viste mientras me desnudo de la lágrima y
el ala azul de la libélula. Artificio de piernas sembradas en arena, el agua
moja el talón que me torcí una noche en la que la gula durmió entre capiteles y
capitales que no llegaron a pecado porque soy finita y el desvelo me hace
surcos en los ojos, patas de palo, no hay Campanita, ninguna pared o coartada.
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