sábado, 17 de septiembre de 2016

DENNIS ÁVILA




Los niños del Dr. Hell



Trazábamos una circunferencia.

En el centro, como la marca de un compás,
hacíamos el agujero
donde metíamos las canicas
que el vencedor se llevaba a casa.

Los grandes odiaban
que un niño más pequeño ganara;
me echaban tierra en los ojos
y atacaban como cuervos.

De aquella nube de polvo
surgía la respiración de mi hermano,
el gordo más ágil del barrio.

Todavía tengo en mi corazón
su voz de niño diciendo malas palabras.

Amaba su heroísmo:
esa necesidad de salvar mi honor
y el de la familia.

Mis piernas dejaban de temblar
y me lanzaban a la pelea
para justificar mi sangre en la nariz.

Pero de los dos, él era Mazinger Z.

Solo mi hermano pudo derrotar
a los monstruos mejor armados
de nuestra niñez.



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