miércoles, 17 de octubre de 2018

BENJAMÍN VALDIVIA





Antífona del ciego



¿A cuál inversa luz
el ciego abre los ojos?
¿Qué distancias calcula con su
impenetrabilidad?

El mundo tienta con el puro aliento.
Pone sus manos en el cuerpo de la noche.

Ama -os lo aseguro- el universo
mayor que sus imposibilidades le destinan;
los colores inéditos
que jamás rozará nuestra pupila,
absorta de luz.

Ama, también, otro sigilo;
otra cautela más deliciosa que la nuestra,
la cautela cercana a la del tigre en
la esmeralda punzante del bambú
(sabiendo que la presa desde siempre
abatida está ya bajo su garra).

Yo también abro a veces
los ojos en el centro de mi noche imposible
y siempre encuentro un astro nuevo,
una nube de ópalo
y pienso en esas lunas de cinabrio,
los cauterios de fuego escandaloso,
los azules eléctricos que el ciego
contempla tras su oscura impavidez, impune.

Y cierro los ojos y duermo
bendiciendo la luz.



De: “Manual para las tierras fugaces”



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