miércoles, 9 de enero de 2019

MAURIZIO MEDO





Nocturno 



Las sombras se alborotan al desmirar la atrofia de la urbe,
donde no existimos en realidad.

Gira la esfera azul (oh tercero de los mundos)
reacomodando el fin en lo que acaba de culminar.

De ahí los lenguajes con rictus de terror,
de ahí las manchas de sed en plena garganta ecuatorial,
lo gris en lo gris,
de ahí que amor nos deja solos para dar cuenta de sí.

Negro trajín de muerte en el baile de las rosas.

No ves los esmaltes tornasolados de la flor,
sólo espinas contra opacos firmamentos.

De ahí también el hierro al rojo que se aproxima
un paso y, en el otro, fija fuego en el carbunclo.

Ardes en fiebres multicolores, prendida desde
los vientos de tu sueño.

Y en mitad de la noche te tiendes hacia arriba,
volátil  e intocable.

Y en mitad de la noche te tiendes hacia abajo,
calibrando el logos en luchas intestinas.

Yo callé al oír tu voz en mi canción.

Siempre vi en ti el mar
-y no al tiempo-
sonriente como el amor.

No me preguntes cómo dorar el corazón,
o cómo percibir su música dando una,
o varias veces, la vuelta.

Vamos, el cielo tiene playas dónde
quebrar esta falsa verdad.

¿Dónde sino el loco Yeats adulteró
la alegoría platónica?

¿Y Prufrock dónde quedó boquiabierto
ante la dama del columpio,
alucinante de Fragilión y Príapo?

Es la misma costa donde saltan
las aguas sopladas por Lezama,
y los rumores se desconocen del origen.

Vamos, no sabrás de otra eternidad.


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