viernes, 3 de febrero de 2023

ÁLVARO GALÁN CASTRO

 

 

II

Misterios de la sabiduría
inmóvil del maestro Ttakuán

Tener no me importara
cárcel por fuera
si de la de aquí adentro
salir pudiera.
Chicho Sánchez Ferlosio

 

 

En la casa cerrada con dos vueltas de llave
se diría que ya no queda nadie
a no ser por la flauta de bambú
que sopla como el viento entre los pinos
a lo largo del día.

Acaso, rara vez, repica una campana
y se siente vibrar el gran silencio
en la mecha torcida de la vela.
Y un cuenco con arroz recién cocido
humea en una mesa.

El viento que acaricia los bancales
anegados del Tíbet.

El bien y el mal afloran como el loto, entre el fango,
si surge un pensamiento.

El odio solo daña a quien lo ejerce;
es una enfermedad de los pulmones;
impide respirar.

Mi espíritu neumático está enfermo
de rencor hacia alguien que no existe
más allá de la celda del cerebro,
más acá de la sombra del espejo.

Cárcel tengo por fuera,
cárcel, cárcel por dentro.

Mi espíritu disperso se fija en cada cosa,
se ancla en las pequeñas diferencias
—el suelo que yo piso es solo el techo
del vecino de abajo—,
el dinero, las clases virtuales,
la esperanza del día mañana,
la lista de la compra, el balance de muertos,
la tesis doctoral, este poema,
la flexión dolorosa de las piernas…
—pensar en no pensar
es ya pensar en algo—
… el clima, las mujeres, la cerveza.

El viento que sacude la cebada
en los valles de Irlanda,

I sat within the valley green
I sat me with my true love.

Debajo del ombligo, donde dicen que el hara
concentra la energía, kikai tandem,
a dos o tres centímetros del tajo
que nos diferenció de nuestra madre,
no existe ningún centro
de ventral gravedad impermanente.

El otro está vacío como yo estoy vacío.
Las manos que acarician o sacuden
también están ociosas, como el viento.
Pero no te encadenes al vacío.

Medita cuanto puedas y practica
la vía purgativa del poema,
pero también la vía del silencio.

Si bebes, bebe bien
y llora si es que lloras.

Quizá llegues un día
a la última verdad:
un sauce en el jardín,
una flor de ciruelo.

  

De: “Plenitud y vacío”

 

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