El
regreso de un soldado
Vuelvo
de la guerra como un cruzado malherido, perdí la Jerusalén de tu mirada, perdí
el alazán de tu sonrisa, perdí las banderas y los ríos, perdí las riberas y los
bosques, perdí el estandarte de tu sagrado amanecer. Y hoy camino por mi vieja
patria saqueada, por las ruinas de ermitas y de iglesias, y rezo en monasterios
de los que Dios huyó abochornado. Mi vieja yegua de combate gime, y las
golondrinas llevan en sus ojos un doliente aire de tristeza, y vuelan en
círculo enloquecidas por el desgarro y el desamor. Ésta no es mi tierra, estos
no son mis árboles, éstas no son mis rosas ni mi brisa, estos no son mis
castaños ni mi aliento, y ni siquiera veo las estrellas de mi cielo. Nadie me
espera aquí, no hay un cuerpo que deba colmar, ni amigos a los que abrazar, ni
querubines a los que mecer, tan sólo tres gatos que son las mejores personas
que conozco. He llegado aquí y tú no estás, he llegado aquí y la ropa de tu
armario huele a olvido, he llegado aquí y de las ventanas sólo cuelgan
crespones de dolor. Tan sólo soy un soldado que saborea la derrota.
De:
“¡Hallelujah!”
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