Las
reliquias sagradas son las que no te han dicho:
Más que el hogar, el hueco que tú llenas
y el hueco que vacías. Más que el tuyo, el que llenaron
en ti tan sin ropaje. Más que el calor, la mano
que de sí se desprende para dártelo en la tiniebla.
Más que el agua,
los ríos de saliva
que intuyen las aguadas de abril
bajo el rojo paraguas de la carne.
¿Y
por qué no guardar de cada instante un trozo,
una astilla, la uña que escribe en el rocío del cristal
o ese deslumbramiento que recibimos
en las tardes oscuras del hambre?
Las
reliquias sagradas no dan rentas,
no son sagradas, dicen los doctos.
Junto al zapato viejo las dejan los inútiles,
los que no heredarán el reino de la luz.
No
lo saben: las cosas a veces no son cosas
sino el cerco de nuestra desnudez, el vestido
de ser bajo la lluvia. Y es que
las reliquias sagradas no
son las que te han dicho.
De: “La
memoria del roce”
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