Más
silencioso que la nieve
Fui
al colegio un día demasiado pronto
y no pude entender
por qué el silencio colgaba en el patio como sábanas,
nada que ondear ni girar,
ni crujidos,
ni estallidos de voces, solo aire.
Y el
aparcamiento vacío de coches de profesores,
solo las primeras hojas de septiembre
cayendo como papel.
Sin filas de bicis,
sin piernas que patean, sin peleas,
sin voces, risas, nada.
Y aun así la puerta estaba abierta.
Mis pies se hundían por el pasillo.
Mi reflejo caminaba conmigo junto al salón.
Mi aula no olía a nada.
Y el
silencio rodaba como un trueno en mis oídos.
En cada pupitre un niño inmóvil me miraba.
Los profesores atravesaban las paredes y volvían.
Las puertas de los armarios se abrían, y salían arrastrándose
más
niños silenciosos, y aún más.
Caminaban de puntillas a mi alrededor,
me tocaban con manos heladas
y abrían la boca en una risa
que era
más silenciosa
que la nieve.
No hay comentarios:
Publicar un comentario