miércoles, 11 de septiembre de 2019

CLAUDIA MASIN





Nazareno Cruz y el lobo



Alguna vez, sentados alrededor de un fuego, nos hemos contado
las historias que amábamos. Las que fueron repetidas
tantas veces que hemos terminado
por creerlas. No son verdaderas ni falsas, y en última instancia
no importaría: todos estamos hechos de historias
inventadas. Si no las tuviéramos, el cuerpo se nos difuminaría
hasta borrarse, liviano e insignificante
como las cenizas deshaciéndose en el aire. Las personas,
a diferencia de los árboles o los animales, tenemos
que juntarnos para poder ser reales, reunidos parecemos
más que sombras, parecemos ciertos, parece que duraremos
mucho más que el lapso pequeñísimo que de verdad duramos. ¿Cómo
seres tan frágiles y necesitados podemos ser capaces
de causar tanto daño? Quizás se trate de eso justamente:
la necesidad de dejar marca, de hincar las garras en el mundo
y dejarlo lastimado para que algo quede y no desaparezcamos
como si nunca hubiéramos estado. Yo he sido tantas veces
el lobo que arranca el corazón de la presa y se lo lleva
entre las fauces, he despertado un dolor insoportable
donde antes había calma
y ni el aullido del animal desollado ha podido
detener en mí la furia de la caza, la sangre que se revuelve,
regocijada, ante el sufrimiento ajeno. ¿Y qué pasó
con lo que más amaba? También fue alcanzado
por mi dentellada. Porque
¿cómo se cuida de esa ferocidad a quien se ama?
¿de qué manera se evita que la violencia lo alcance,
si la violencia es un rayo que una vez suelto andará por el mundo
buscando el blanco, y no elegirá: será elegido por un cuerpo
cualquiera, el imán que lo atraiga sin conciencia de estar
atrayendo hacia sí el fuego y la desgracia? Ah, si ese lobo
que somos se saciara alguna vez, si la codicia tuviera
un término, un lugar de llegada, si pudiéramos juntarnos
con la manada y descansar de la rabia, del hambre
que no cesa, del tormento de tener colmillos y garras,
si hubiera una esperanza, una sola, de dejar
de lastimar y lastimarnos, yo la dejaría a tus pies,
para que hicieras con ella, mi esperanza,
lo que quisieras: la tomaras en tus manos,
la rechazaras, la dejaras crecer
o marchitarse. La maldición de quien no puede amar
es que está solo, y quien está solo hace
lo que hacen los lobos: ataca y destroza lo que puede,
por miedo a ser atacado y destrozado. ¿Y quién
puede amar, quién no está solo, si hemos sido criados
como predadores, si no sabemos más que defender
el territorio? Tiene que haber un modo, hay que inventar
una historia que nos salve. La historia
que asegure que, a la hora del terror, siempre alguien
vendrá a rescatarnos y no nos dejará
lamer la sangre envenenada de la herida, la que enferma
de odio y empuja a la venganza. Tiene que haber un modo
de curarnos. Un modo de que no nos desgarremos por torpeza
y descuido cada vez que intentemos acercarnos
los unos a los otros para darnos
algo distinto a lo que hemos recibido, algo
que no puede destruir ni ser destruido:
qué tremendamente hermoso
sería si pudiéramos
desprendernos de este cuerpo malherido
que siente al mundo y a los demás como rivales
en una tarea agotadora, interminable: tener
un pecho que respire, una boca que trague, es decir,
sobrevivir para nadie, para nada.



Basado en el film homónimo de Leonardo Favio, 1975.




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