sábado, 16 de marzo de 2013

ADOLFO BURRIEL





Perdición



La luz que vio la bestia
tenía un nombre, perdición.
La luz: los barcos encallaban,
fingía las tormentas.
El fulgor que ayudaba
a distinguir las lejanías
era solo un pretexto para el sueño
y sus heridas.
La cúpula del templo
mostraba incólume el ocaso.

La luz que vio la bestia
rompía los espejos.
Su brillo,
distinto a siete lunas,
helaba las ofrendas.
No obstante, los metales
abrían deslumbrantes sus entrañas,
y los frágiles labios de Lord Byron
se marchitaban tristes por las sombras.

Tenía un nombre: perdición,

y nuevos sacerdotes convocaron
a viejas ceremonias
para que el aire fuera tu silencio.


De “Colores desunidos”


No hay comentarios:

Publicar un comentario