viernes, 18 de julio de 2014

FRANCISCO MANRIQUE CABRERA


  

Romance meñique

 

A traición daba la luna
golpes de plata en la selva.
Las estrellas se persiguen.
El arroyo se destrenza.

Sentada junto al silencio
en un rincón de su verja,
sus manos, marfil y nácar
sobre sus rodillas piensan.
¿Qué les sucede, y por qué,
a su cabellera suelta,
y a sus ojos que galopan
sobre la llanura inmensa?

Sus plantas besaron luego
el perfil de la montaña,
mientras que sobre las rocas
a traición la luna daba.
Por el ojo de una aguja
se escapa la madrugada,
y la naranja del cielo
cada vez está más agria.

Luego se supo un cantar
que quizás trajera el viento:

-Mi padre quiso casarme
con el rico avaro invierno,
mas mis ojos eran llamas,
mis labios eran de fuego,
y una noche en que atrevido
se subió el frío a mi lecho
me amamantó la montaña
amargamente en su seno.

La luna bulle en el prado.
Hay una quietud patética.
Las estrellas se persiguen;
el arroyo se destrenza.
A traición daba la luna
golpes de plata en la selva.

 

 

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