miércoles, 6 de marzo de 2019

ANA IVIS JUAN





Donde mi madre define la distancia



Ya no está el olor a carne sobria de mi madre,
no más el embiste de sus ojos
merodeando las costuras,
quizás una alucinación donde verter el duelo,
el azafrán de su pecho salpicando los muebles,
    el ventanal,
    la tibia desnudez de la lámpara
como  la flor y el vaso que se eleva al nicho
para  lanzar un culto.
Madre sin acallarnos la penumbra
deja quieto el postre que se sirve;
su tenedor merece el polvo en el armario
donde se compacta  la madeja del tiempo, 
golpe obligado en esta monarquía.
Es otra la casa que a los hijos queda
y seremos otros los hijos que quedaron en la casa
cuando pase el otoño repetido por el framboyán,
y llegue la madre con júbilo y lacónicas mentiras
mientras ahora nos sentamos a la mesa por coacción del cuerpo
para izar, desde los platos, su vientre,
pieza que  multiplica el linaje y nos engarza.
Madre no sabe que en la isla
el dolor de un príncipe enferma al más cercano,
aún se le puede ver con el gesto  a medias,
la visión fluyendo en un espumarajo de nostalgia;
no sabe qué fragmentos somos
al rasgar este discurso en la realidad finita
que tironea, devuelve la sombra de sus dedos
y tal vez en honor al crepúsculo
devoramos el pergamino traído por el apóstol.
Es lo que sabemos hacer,
es lo único que sabemos hacer,
o husmear entre hilachas de espera
la costura de una despedida que se desvanece
como tu olor, madre,
definiendo la distancia.



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