La
casa llena de agua
La
casa llena de agua. Por los bordes, entraba la agitación de lo lluvioso. Las
hojas de zinc semiquebradas eran un paradero de agua colándose por entre las
ranuras raídas y débiles. Era una casa débil, encima de ti. Tratabas de
incorporarte y volvías a tumbarte en la cama. El frío y el viento también te
hacían débil o frágil. Porque la fragilidad es la mejor condición del vidrio. Y
tú calificas como esa copa de cristal. Un ser vidrioso es un ser compuesto de
melancolía. Ya el agua llegaba hasta un poco más arriba de los tobillos. Yo me
levantaba del agua como un meteorito acuático y miraba el ámbito inundado
contigo en la cama. Charqueaba de un lado a otro, como buscando algún objeto de
oro o un viejo documento personal, tal vez una carta con tus iniciales. Parecía
martes. Porque los martes es cuando más llueve en octubre. Ya me había
acostumbrado a esa rutina. No hay reportes en la radio. Pero la tormenta
persiste y afuera se escucha el zumbido como si tuviera boca o los dragones de
los cuentos se hubieran zafado de las páginas y escurridizos se metieran en la
naturaleza de la lluvia, para darle una expresión pero que le dicen tormenta
para no decir dragón.
Y
yo te cuento, mientras duermes, la historia de los aborígenes que huyeron de la
superficie de la tierra para cavar hoyos profundos y esconderse de los leones y
de los monos de colmillos que atrapaban y desgarraban como presa, mientras
cavaba cerca de la cama un hoyo real. Tú volvías a intentar levantarte pero el
miedo al ahogamiento se transformaba en un terror que por tus ojos se veía.
Pensé que con un alma así, tan frágil, es imposible sobrevivir a una hostilidad
como ésta.
Ahora
te contaba cómo mi padre murió en un tiempo como éste, alrededor de abril,
cuando la humedad se apodera vaporizando y ahogando la respiración mientras uno
quemaba la madera podrida abandonada en la intemperie de las calles.
Entonces
me preguntaste si era mejor morir obstruido por el agua o requemado por la
asfixia del calor incesante que se cierne en abril, cuando aparecen las moscas.
Trepé
al calor de la cama, puse una almohada apretando tu cara y tú jadeando por la
falta de aire te quedaste flotando en la cama de tu abuelita.
Ahora
sí, ya no me preguntarás más por qué hago estas cosas.
De:
“Lejanos parientes indecentes”
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