sábado, 18 de febrero de 2023

A. MORALES CRUZ

 

 

La casa llena de agua

  

La casa llena de agua. Por los bordes, entraba la agitación de lo lluvioso. Las hojas de zinc semiquebradas eran un paradero de agua colándose por entre las ranuras raídas y débiles. Era una casa débil, encima de ti. Tratabas de incorporarte y volvías a tumbarte en la cama. El frío y el viento también te hacían débil o frágil. Porque la fragilidad es la mejor condición del vidrio. Y tú calificas como esa copa de cristal. Un ser vidrioso es un ser compuesto de melancolía. Ya el agua llegaba hasta un poco más arriba de los tobillos. Yo me levantaba del agua como un meteorito acuático y miraba el ámbito inundado contigo en la cama. Charqueaba de un lado a otro, como buscando algún objeto de oro o un viejo documento personal, tal vez una carta con tus iniciales. Parecía martes. Porque los martes es cuando más llueve en octubre. Ya me había acostumbrado a esa rutina. No hay reportes en la radio. Pero la tormenta persiste y afuera se escucha el zumbido como si tuviera boca o los dragones de los cuentos se hubieran zafado de las páginas y escurridizos se metieran en la naturaleza de la lluvia, para darle una expresión pero que le dicen tormenta para no decir dragón.

Y yo te cuento, mientras duermes, la historia de los aborígenes que huyeron de la superficie de la tierra para cavar hoyos profundos y esconderse de los leones y de los monos de colmillos que atrapaban y desgarraban como presa, mientras cavaba cerca de la cama un hoyo real. Tú volvías a intentar levantarte pero el miedo al ahogamiento se transformaba en un terror que por tus ojos se veía. Pensé que con un alma así, tan frágil, es imposible sobrevivir a una hostilidad como ésta.

Ahora te contaba cómo mi padre murió en un tiempo como éste, alrededor de abril, cuando la humedad se apodera vaporizando y ahogando la respiración mientras uno quemaba la madera podrida abandonada en la intemperie de las calles.

Entonces me preguntaste si era mejor morir obstruido por el agua o requemado por la asfixia del calor incesante que se cierne en abril, cuando aparecen las moscas.

Trepé al calor de la cama, puse una almohada apretando tu cara y tú jadeando por la falta de aire te quedaste flotando en la cama de tu abuelita.

Ahora sí, ya no me preguntarás más por qué hago estas cosas.

 

De: “Lejanos parientes indecentes”

 

 

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