En
la noche de Cuzco, un grupo bastante grande de manifestantes protestaba por la
inminente aprobación de una ley que privatizaría los sitios de interés
arqueológico. La manifestación se realizaba en plena Plaza de Armas de la
ciudad. Era curioso considerar las reacciones de los turistas que se
encontraban cerca: ninguno de ellos parecía evidenciar más que una leve
sorpresa, sorpresa que casi podríamos asimilar con la molestia. Desde su
perspectiva no existía gran distancia entre que los monumentos fueran administrados
por manos privadas a que continuaran en manos de los descendientes de los
incas. Lo que para la comunidad del Cuzco era una verdadera castración -en
tanto esos sitios están integrados a grupos humanos vivos y forman parte de sus
tradiciones y ritos-, para ellos representaba tan sólo un asunto de dinero.
Esta
diferencia de perspectivas revela, a mi modo de ver, dos maneras completamente
opuestas de entender el pasado: en una de éstas, el Cuzco y sus alrededores
constituyen un sitio “postal”, una experiencia de superficie que puede
reducirse a fotos, la compra de souvenires, un tour -un pasado fosilizado, sin
relación con lo humano, una mitología, en sentido negativo de la palabra. Para
la otra, en cambio, Macchu Picchu, Ollantaytambo, Pisaq, Saqsaywamán y las
demás ciudades y pucarás distribuidos por el valle sagrado simbolizan más que
meros restos de una civilización fenecida: ellas son centros nerviosos de una
identidad, ligadas indisolublemente al devenir histórico de los pueblos
andinos, extendiendo su luz sobre el presente y futuro.
De:
“Las puertas del Edén”
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