jueves, 5 de febrero de 2026

MANUEL ILLANES

 

  

 

En la noche de Cuzco, un grupo bastante grande de manifestantes protestaba por la inminente aprobación de una ley que privatizaría los sitios de interés arqueológico. La manifestación se realizaba en plena Plaza de Armas de la ciudad. Era curioso considerar las reacciones de los turistas que se encontraban cerca: ninguno de ellos parecía evidenciar más que una leve sorpresa, sorpresa que casi podríamos asimilar con la molestia. Desde su perspectiva no existía gran distancia entre que los monumentos fueran administrados por manos privadas a que continuaran en manos de los descendientes de los incas. Lo que para la comunidad del Cuzco era una verdadera castración -en tanto esos sitios están integrados a grupos humanos vivos y forman parte de sus tradiciones y ritos-, para ellos representaba tan sólo un asunto de dinero.

Esta diferencia de perspectivas revela, a mi modo de ver, dos maneras completamente opuestas de entender el pasado: en una de éstas, el Cuzco y sus alrededores constituyen un sitio “postal”, una experiencia de superficie que puede reducirse a fotos, la compra de souvenires, un tour -un pasado fosilizado, sin relación con lo humano, una mitología, en sentido negativo de la palabra. Para la otra, en cambio, Macchu Picchu, Ollantaytambo, Pisaq, Saqsaywamán y las demás ciudades y pucarás distribuidos por el valle sagrado simbolizan más que meros restos de una civilización fenecida: ellas son centros nerviosos de una identidad, ligadas indisolublemente al devenir histórico de los pueblos andinos, extendiendo su luz sobre el presente y futuro.

  

De: “Las puertas del Edén”

 

 

 

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