incipit
idyllium
No,
no es la puerta que crucé al nacer,
ni
una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy
entre
el polvillo flotante del invierno
bailando
con el sol de la mañana?
¿Cómo
llegaron hasta mí esta niña,
su
llanto persistente que me dice:
“ahora,
ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo
me
empujó a hablarte en esa construcción
de
plástico y cemento, donde sufríamos
vos,
ella, yo, vagas ambigüedades
por
infringir las reglas de concordancia?
Nuestros
paraguas descansaban juntos
y
algo nos distraía del pudor
que
en vano desplegaba su habitual
manto
sobre la clase de gramática.
Al
poco tiempo, un día me llevaste
hasta
mi casa, con tu piloto beige,
tus
manos pequeñitas manejando
y tu
certidumbre de niña
que
ha crecido hacia adentro, y pregunté:
“¿A
vos te gusta coger? Para mí
es
apenas un limbo que permite
hablar
mejor.” Hablar como ya entonces
sin
habernos tocado yo te hablaba.
“No
es lo más importante”, contestaste,
con
una risa oculta. ¿Percibiste
que
no habría sorpresas, sólo gracias,
descubrimientos
de mí en vos,
de
vos en mí? Y aunque queríamos
gozar
de la belleza, conocernos,
pusimos
el deseo en las palabras.
Y
cuando las dijimos siguió el tiempo.
Bajo
el arco del cielo fuimos flechas.
Tenemos
una pieza, estamos solos.
Nos
sacamos la ropa, los dos vemos
un
cuerpo más hermoso que el ansiado,
el
adivinado. Besos de bajo
bisbiseo.
¿La escuchaste, la viste,
a
esa vida pasada que se iba?
La
suave crema del futuro unta
nuestros
sexos cansados, insensibles
por
un instante. Nunca supe
por
qué lloraste esa noche, después,
acostada,
desnuda y revisando
la
pulcritud del techo. ¿Fue placer,
fue
pena o despedida de otro cuerpo
que
ya no volvería? ¿O la emoción
vacía
que altera todos los líquidos
internos
y extraños? Era imposible
que
sospecháramos en cada lágrima
tuya,
en cristal nocturno, una
nena,
tras otra, tras otra, y vos
eras
su madre y la mitad del padre
cuando
sonó tu llanto en el deleite,
cuando
miré en tus ojos el silencio,
espléndida
como aire que relumbra.
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