miércoles, 4 de febrero de 2026

SILVIO MATTONI

 

 

 

incipit idyllium

 


No, no es la puerta que crucé al nacer,

ni una ventana al morir. ¿Qué vuelve hoy

entre el polvillo flotante del invierno

bailando con el sol de la mañana?

¿Cómo llegaron hasta mí esta niña,

su llanto persistente que me dice:

“ahora, ya, ya, ya...”? ¿Qué dios de mayo

me empujó a hablarte en esa construcción

de plástico y cemento, donde sufríamos

vos, ella, yo, vagas ambigüedades

por infringir las reglas de concordancia?

Nuestros paraguas descansaban juntos

y algo nos distraía del pudor

que en vano desplegaba su habitual

manto sobre la clase de gramática.

Al poco tiempo, un día me llevaste

hasta mi casa, con tu piloto beige,

tus manos pequeñitas manejando

y tu certidumbre de niña

que ha crecido hacia adentro, y pregunté:​​ 

“¿A vos te gusta coger? Para mí

es apenas un limbo que permite

hablar mejor.” Hablar como ya entonces

sin habernos tocado yo te hablaba.

“No es lo más importante”, contestaste,

con una risa oculta. ¿Percibiste

que no habría sorpresas, sólo gracias,

descubrimientos de mí en vos,​​ 

de vos en mí? Y aunque queríamos

gozar de la belleza, conocernos,

pusimos el deseo en las palabras.

Y cuando las dijimos siguió el tiempo.

Bajo el arco del cielo fuimos flechas.

Tenemos una pieza, estamos solos.

Nos sacamos la ropa, los dos vemos

un cuerpo más hermoso que el ansiado,

el adivinado. Besos de bajo

bisbiseo. ¿La escuchaste, la viste,

a esa vida pasada que se iba?

La suave crema del futuro unta

nuestros sexos cansados, insensibles

por un instante. Nunca supe

por qué lloraste esa noche, después,

acostada, desnuda y revisando

la pulcritud del techo. ¿Fue placer,

fue pena o despedida de otro cuerpo

que ya no volvería? ¿O la emoción

vacía que altera todos los líquidos

internos y extraños? Era imposible

que sospecháramos en cada lágrima

tuya, en cristal nocturno, una

nena, tras otra, tras otra, y vos

eras su madre y la mitad del padre

cuando sonó tu llanto en el deleite,

cuando miré en tus ojos el silencio,

espléndida como aire que relumbra.

 

 

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