De
contrarios implícitos, dolor de explícitos contrarios.
Los primeros porque lo ausente se nombra en lo presente; lo omitido, en la
cita: no existe la sombra, no existe la oscuridad sin la luz nombrada, sin
alumbramientos, sin claridad ni auroras, ni rayos, no existe la noche sin la
oquedad solar, sin el día, el sol ama únicamente a la noche. Si se cita el
alba, si la luna se cita, si el sol se presenta adherido al innombrable e
innombrado ser que lo contiene, se actualiza de inmediato lo oscuro, lo negro,
el niño–pozo, coniuctio de luz y oscuridad, luz futura que todavía no es luz.
Así hablaba Zaratustra, centro místico, hijo del alma; los fulgores y las
llamas de lo combustible de los cuerpos ahondan en la tierra y bajo ella
enraízan y reflejan para germinar en luz nueva, porque es la muerte pasajera en
la nave, incluso en la nave de Pablo de Tarso: Nisi hii in navi manserint
vos salvi fieri non potesti. Los segundos, porque se dice sin desdecirse
para no huir de la morfología que testimonian las antítesis, los paradigmas
paradoxales, avis fatua.
De: “Litiasis”
(fragmento).
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