viernes, 24 de febrero de 2023

JUAN JOSÉ CASTRO MARTÍN


 

Edén en la siesta

(Vicente Aleixandre)

 

Desciende a tu insumisa arcilla, sumérgete en tu sangre; bosques durmientes en tus venas saben cómo la cercanía del silencio hará silbar en ti al reyezuelo esquivo para que el pensamiento se haga canción entre las cosas. Cuídate de perder el cuerpo investido de nieblas aunque la incandescencia un instante redima su inconstancia. Déjate invadir por lo otro: impuro de silencios y roto de ruidos, podrás escuchar cómo la carne se escabulle agitando la oscura maleza de latidos al hacerse transparente.

Contemplas el cedro lleno de suspiros en la hora inmóvil de las ramas. Hay un rencor que viaja del copo a la semilla, un alzamiento azul en los tímpanos insistiendo en la doctrina del reflejo que encadena el ruido al osario de imágenes. El mineral sonante cruje más, se hunde en la fragancia como un dilatarse en dirección al barro que exhala su crepúsculo más breve. El hueco de tu pecho sube y baja, un bárbaro temblor para que el hombre suene en lo intermedio.

En tu respiración levantarás la casa, alargarás la sombra, frecuentarás cadencias sostenidas como estancias y el azogue en tus pulmones refractará las palabras. ¿Tienes la edad del mundo cuando sueñas? Enajenado, la levedad no transcurre: espejo o nombre.

Aunque llame la flauta del abismo, edén sufriente un cuerpo, no habrá llegado el tiempo de despertar al otro lado del sonido. Vuelves a lo mudable de las horas ̶ ahí se alza en su dimensión el árbol con saetas de luz atravesándolo ̶ y en la horma secreta de su soplo recobras tu forma o límite para resistir su belleza al tiempo que te reconoce vegetal pensativo, fuente muda. Ganaste luz mas vuelves ciego al mundo. Sólo para quien resiste el sueño: amar es conocer en el retorno.

 

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