Edén
en la siesta
(Vicente
Aleixandre)
Desciende
a tu insumisa arcilla, sumérgete en tu sangre; bosques durmientes en tus venas
saben cómo la cercanía del silencio hará silbar en ti al reyezuelo esquivo para
que el pensamiento se haga canción entre las cosas. Cuídate de perder el cuerpo
investido de nieblas aunque la incandescencia un instante redima su
inconstancia. Déjate invadir por lo otro: impuro de silencios y roto de ruidos,
podrás escuchar cómo la carne se escabulle agitando la oscura maleza de latidos
al hacerse transparente.
Contemplas
el cedro lleno de suspiros en la hora inmóvil de las ramas. Hay un rencor que
viaja del copo a la semilla, un alzamiento azul en los tímpanos insistiendo en
la doctrina del reflejo que encadena el ruido al osario de imágenes. El mineral
sonante cruje más, se hunde en la fragancia como un dilatarse en dirección al
barro que exhala su crepúsculo más breve. El hueco de tu pecho sube y baja, un
bárbaro temblor para que el hombre suene en lo intermedio.
En
tu respiración levantarás la casa, alargarás la sombra, frecuentarás cadencias
sostenidas como estancias y el azogue en tus pulmones refractará las palabras.
¿Tienes la edad del mundo cuando sueñas? Enajenado, la levedad no transcurre:
espejo o nombre.
Aunque
llame la flauta del abismo, edén sufriente un cuerpo, no habrá llegado el
tiempo de despertar al otro lado del sonido. Vuelves a lo mudable de las horas ̶ ahí se alza en su dimensión el árbol
con saetas de luz atravesándolo
̶ y
en la horma secreta de su soplo recobras tu forma o límite para resistir su
belleza al tiempo que te reconoce vegetal pensativo, fuente muda. Ganaste luz
mas vuelves ciego al mundo. Sólo para quien resiste el sueño: amar es conocer
en el retorno.
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