Recordar
con belleza
Imaginación:
soledad. La realidad: malas decisiones:
Estudiar leyes, acostarme con esa mujer y mentir.
Arrepentirme me ha hecho vivir.
Aficionado a las imitaciones sonrío y me digo:
“Tú haz como si nada”.
Estaba tan equivocado que pensaba en voz alta
para olvidar. ¡Si pudiera cambiar mi vida!
¡Otro comienzo! Pero todo tiene ese pasado
que se detiene y enrolla arriba, arriba, más arriba,
como una culebra, allá donde las estrellas
abandonan a los hombres que hablan solos.
¡Si pudiera recordar aquel sueño!
Ese silencio que me decía: “No pienses igual que ayer”.
Igual, bajo las estrellas, ha de cambiar algo, no sé,
¿los días, las mentiras, los enfermos, los vivos, la sonrisa?
En 1999, cuando todavía no conocía a Jessica Carolina Gómez Bastidas,
otros nombres recordaba en un salón de clases en el trópico,
sentados, presentes, frente al pizarrón, con la mirada fija en el aire:
Armando Zuloaga, Rosana Gutiérrez,
Estefanía Lugo, Juan Flores, Quiroz Reyes.
La clase de educación artística comenzaba
a media mañana, en el mediterráneo cotidiano del liceo.
En el patio llovía y en el libro el Partenón griego.
Algunos alumnos todavía cantan el himno
bajo el arduo sol del isósceles y el olor a mango
por primera vez es el mismo que ayer.
Ese día conocimos el pasado
y repetíamos “jónico”, “dórico”, “corintio” y reíamos.
Las palabras son destino para un niño.
(Aunque el destino tenga otros nombres,
el destino siempre será el destino de un niño).
Años después entendí: Lo más hermoso es el orden.
Un cementerio sin el siglo XX. Una mujer, otra mujer.
Los errores cambian y permanecen
y aunque el mismo error cometa, recordar con belleza.
Ahora vivo con cierto orden, y sin darme cuenta pasa:
Duermo. Pago mis deudas. Leo en silencio. Veo a mis hijas.
Lo inevitable vive en el bien y el mal en la memoria.
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