San Antonio,
35
A Eugenia y José
Sentado
en el umbral de la casa de mis abuelos
he venido siguiendo el señuelo;
el rastro amable que ha ido dejando la memoria
que aún me queda.
El
tiempo refleja mañanas deformes
por las que deambula mi cuerpo
lastrando un alma cansada.
La
calle se estrecha,
las esquinas lucen afiladas,
ya no hay bicicletas tiradas en la entrada.
Por
las rejas trepaba al balcón del primer piso.
En el baño, al otro lado del patio,
siempre hacía frío.
Debajo de la escalera
coronas de manzanilla seca
enarbolando los mandiles
que eran nuestras capas de Superman,
y una bolsa de pan duro
que siempre estaba llena.
Tres
pisos de una casa interminable
para jugar al escondite,
para buscar los regalos de reyes,
para huir de mi hermana,
de mis primos,
de mi madre gritando
¡Estaos quietos!
Tres
pisos que con el tiempo han ido menguando
en una casa tan pequeña…
con tantas brechas, que no entiendo
como sigue ocupándome tanto espacio,
hospedando tantos acuerdos.
¡Apartad
las bicis de la puerta!
El
comedor siempre oscuro,
la cortina cerrada
para que desde la calle nadie nos viera.
La tele encendida,
teclas que salían disparadas
al cambiar de canal,
corridas de toros y telenovelas.
Un reloj de péndulo
al que todos los días había que darle cuerda
y una máquina de coser plegada
en un mueble de madera.
Bautizos,
comuniones y bodas
enmarcadas en todas las paredes.
Papel pintado y gotelé.
Baúles con pañuelos de mil colores,
ropa de varias generaciones.
Un desván con cajas que abrigaban
caudales secretos custodiados por ratones.
El
luto y la devoción
en las blancas manos de mi abuela,
tierna y sonriente,
inmensa y tan pequeña.
Suaves también las manos
de campo de mi abuelo
y el hoyuelo en su barbilla
donde guardaba el misterio
de tantas historias,
tantas rimas, tanto cariño
y, sin embargo,
tanto sufrimiento.
El
escaño negro en la cocina,
sopas de jamón y
cajas de cerillas.
El
sombrero de fieltro colgado
en la percha del pasillo
No juguéis con él a pistoleros,
como os pille el abuelo…
Langostinos en Nochebuena.
Plátanos y obleas.
Viandas de niño rico.
¡No corráis dentro de casa
que volvéis loca a la abuela!
¡Quitad las bicis de la puerta!
De: “Peonías
en el lecho del fauno”
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