lunes, 30 de enero de 2017

MARCO ANTONIO MONTES DE OCA




COLIBRÍ, ASTILLA que vuelas hacia atrás
y te detienes
y en picada avanzas
contra el pecho milenario del perfume:
En tus manos encomiendo
las generaciones todavía plegadas a mi carne,
las llamaradas de nieve en el diamante
y la coraza de súplicas que protege a la ruina
contra el definitivo polvo.
En tus manos y alas encomiendo
al siempre silencioso, al poeta
que rasga sus vestiduras hasta el hueso
y acoge a sus espectros
y les trasmite nueva niebla
soplando una canción entre sus labios secos.
En tus manos encomiendo al niño marinero
que crece cuando le falta piel
para tatuarse el perfil de cuanto sueña;
pues no le duele al revés del párpado
su propia carne viva,
ni el hombre al hombre,
ni la sal a las heridas del mar.
En cambio los niños
sufren lacerantes vértigos
cuando a punto de nacer,
—completamente vendados por un vientre—
sólo contemplan la luna
cuando su madre bosteza.
Por lo menos un niño sufre,
pasa las de Caín y las de Abel
cuando en la fiesta en que el adulto se complace,
deshila o masca un pezón de trapo,
en el sofá que doran por igual
sus bucles y el siglo xviii.
Mas yo voy a halarte de tus lágrimas,
niño de huesos y encajes,
flama, lumbre abovedada
que no decreces cuando más te brilla la cabeza.
Y a ti, niño sin zapatos ni pan,
te alzaré por el lóbulo de la oreja,
—asa por donde otros toman tu pequeña malicia—
para extraerte de tu overol,
ese caracol azul pegado en las esquinas
donde tu hambre se enrosca
junto a la pupila de los ricos.
Voy a librarte de los espejismos que cortan.
Sabe que hay para ti inéditos lugares,
países envueltos en celofán
y luces nacidas en el arco iris
que empapelan de mariposas la carne al descubierto;
hay altos pinos que ahorran caminatas a la lluvia,
juncos alzándose en llanuras de espuma
donde uno parte golpeándose en un cuadril
y monta escobas de rubios belfos
que van a buscar cebada al horizonte.
Entretanto, olvidaré fastuosos convoyes que riegan zafiros
    mientras avanzan;
olvidaré funámbulas imágenes que atraviesan el aro
incendiado de una mirada;
pero tú, colibrí, nunca olvides a los niños.


Aprisa fuego, nube, espuma invencible
que soportas meteoros en tu pecho:
álzate más aún,
calza los invisibles coturnos del halcón
y ve si el ojo como el pez,
salado para la única travesía memorable,
al epitafio de todo esplendor supera;
di si habrá siempre polvo sobre el polvo,
espinas sin fin emponzoñando
ese aire de oro que guarece a los lactantes.
Aprisa fuente, borbollón, agua en ristre,
hombre súbito de mica:
ábrenos camino a la venerada complacencia del sol;
pues el corazón merece ser inmortal
y lo que muere,
tiene poco tiempo para volverse eterno,
para llevar dos ejemplares de cada alegría
a su bamboleante Arca de Noé;
poco tiempo para morir
con la mano del mundo entre sus manos
o retratarse en la yerba,
flanqueado por la familia
y el apacible colibrí.
Mas si la pluma pierde al pájaro,
que alivie su nostalgia
montando en la cola de la flecha;
si la puerta del cielo ya no se abre
que el cucú regrese y con alas de madera la entorne
nuevamente.
Cuando haya anemia en el sol
y lívida se torne la pradera,
que el amor nos extienda su dulce contraseña
y entremos a los talleres de la luz
entre formas hambrientas de menos forma,
entre ausentes pegasos
que calzan herraduras de flores,
por si alguna vez hubieran de pisar
las atropelladas impurezas de la tierra.
Tan hondo como las estaciones
las criaturas se disfrazan.
No es fácil que un palo ya ceniza
abra las valvas de los astros,
ni que haya en alguna parte
sonajas que despierten a los moribundos.
Tal vez entre gastados poliedros de una sola cara,
se libere lo que es inútilmente libre
y al fin el barco perdido en el Sahara,
cruce mareas inmóviles,
olas de arena fija.
Tal vez, no sé, pero quizá
uno se procure la dicha de ver al mundo como no es,
el cuidado que nos merece la torre desde que es un
ladrillo,
la fuerza, la suplicante fuerza
que no es dolor sino paciencia,
paciencia para limpiar el lirio limpio,
la ola de tiempo que descarna
y lava hasta la invisibilidad
la ropa íntima del fósil.
En esa paciencia
crecen los sencillos héroes
que no fastidiaron a sus huesos
con monumentos pesadísimos.
Ellos redujeron al tigre a su última mancha,
inflaron huesos hasta la escultura
y polvearon de nuevo las apagadas mejillas de Neptuno.
Tras ellos una transparencia se alzó
como bocanada de celofán en el eje de las cuevas;
el éter vio sus fronteras
al amparo de noctívagos hachones;
de las perlas salió la gota de bruma
infundida por la tarde
y hasta la incandescencia transparente
se querellaron entre sí las joyas.
Los sencillos héroes hicieron añicos
sus escafandras de corcho
y los escarceos en la superficie;
con sus manos blindaron al mundo
y gracias a su desolada insistencia
se aclimataron en la tierra
especies casi extintas de rocío.
Ellos fueron naipes sobre castillos izados a pulso,
diques de agua frente al infierno encrespado.
Guardaron el silencio más difícil
con un topo vivo emboscado en el pecho;
mas no parecían llevar más allá del fin
al delfín de sus hazañas;
desfalcados por su abundancia de virtud,
semejaban un vellón sin esperanza de cordero.
Sin embargo, para siempre se mecen ahora
en la rama de aire que habita el colibrí.


De: Poesía Reunida



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