sábado, 17 de agosto de 2013

JORGE RUIZ DUEÑAS




Mar que me habita



Sólo el mar consanguíneo es descriptible,
a él acudo en la marea de los párpados
y el oleaje de la sangre.
En la arena del tiempo
los recuerdos se fragmentan como un limo
y surgen
los navios antiguos de la imaginación:
los paquebotes que conocen la paciencia,
las chimeneas que son la última bandera de los buques,
los mercantes que no suspenden travesías.
Los elementos del mar
entran por mis ojos
y salen de noche
en mis sueños umbríos
bajo la guía insólita de los faros.
Oleajes perdurables
como el cintilar de los astros
serpentean en las playas,
por riscos y fiordos,
para erosionar la paciencia
y los aceptables riesgos de lo cotidiano.

Caen las noches
y se elevan madrugadas
sobre los mares sonoros y fugitivos;
sobre bahías de aguas profundas
como la mente sabia;
sobre las caletas para los amores torvos;
sobre los canales y las corrientes
que son un mar en sí mismas,
como las calles de los puertos
al final de la jornada;
sobre esteros de desconcertante geografía
y desenlaces fortuitos;
sobre las lagunas que tibias y ocultas
guardan el secreto de la vida;
sobre el agua y la sal
que dentro y fuera de mí fluyen
en mares interiores
sobre el nivel de flotación de los deseos,
sobre los golfos y los mediterráneos.

Cae la lluvia
y los vientos magníficos
limpian la distancia de encantamientos,
hacen de la playa una zona de desechos
y despojos,
de varamientos en los que cruel
la vida termina con lentitud
en medio del paisaje marino.

Para vivir en ti
cada mañana hay que saber de tus desvelos,
de tus naufragios y tribulaciones,
de tus llantos ahogados,
de tus suicidas arropados por los primeros rayos matinales,
de tus especies extraviadas en los ritos fértiles,
de tus resacas que femeninas llaman y rechazan.
Para sentirte
hay que cobrar el tacto corporal de tus quimeras,
la irritable sensación de la existencia que se sabe difícil;
hay que ser tocado por la muerte
cuando la vida nace y se apaga simultáneamente
en nosocomios y maternidades,
en manicomios y prisiones que como islas flotantes
pasan aletargadas por el tiempo inagotable y cruel,
hay que escuchar gritos de socorro
y lamentaciones nocturnas
lacerantes ayes de destrucción y de gozo.

Para tenerte hoy
ha de nacerse en el encuentro de las aguas,
en la corriente subterránea de la conciencia,
en la impensada intensidad de los goteos,
en fortuitas pilas bautismales
donde los profetas marinos
hacen su evangelio en las caracolas
y el bramante terso de la niebla.

Para ser en ti,
mar que me habita,
se canta a pecho abierto
como la quilla de los buques
botados en sangre,
se rema a contrarresaca
en la intimidad de la noche,
como la ausencia intangible
de la memoria que acude a nuestro rescate
tras veinte años de silencio;
se te busca en los playones
que reflejan la luna y nuestra vejez
como los abalorios y las cuentas falsas,
se acude a ti
con las rodillas sobre el talud
como los peregrinos de los libros sagrados,
y las parábolas
o las fábulas
o las lamentaciones proferidas por hombres tan antiguos
que no son ya como nosotros fuimos;
se es en ti,
sin ninguna explicación
ni certificado natal,
por convicción
que se sabe mortal, definitiva.

De ti espero la indulgencia de la caída apacible,
un ramo de corales fétidos y negros,
la insepulta ramificación de las algas
en la aguda extensión de los narvales,
para que una procesión de cetáceos
me permita volver al Egeo y al golfo californio
y me deje atisbar los pedestales de Manhattan,
el alterado ritmo de Janeiro, de Taipei, de Casablanca.
De ti espero el derecho de peaje
y el paso inocente
por los deltas que te fecundan
si doblas el Cabo de Buena Esperanza,
la sensación del hielo ventisquero
que en Bergen cae como cascada.
De ti espero la flor amarilla
que inusitada prospera a la vista de tu inmensidad
en las arcadas de Venecia,
para que una mañana la dones
al viento que eleva el vuelo de la golondrina de mar.

Pero cómo,
oh mar,
habré de renunciar a ti
a tus cosechas de cuarzo y calcio,
a la miseria de tu renovación
que como un salario
se desgasta frugal y no es confiable.
Renunciaría a morir,
como los votos de Penélope,
si inalterado y consecuente
permaneces y aguardas,
si renegado desafías
la agonía recurrente.

Qué he de decirte mar de lo eterno,
cómo he de narrar tu infinita angustia,
tus pecados expiados
en la historia de los hombres;
cómo reproducir tu caricia furtiva
entre las ingles,
el chasquido lúbrico de tus embates,
cómo advertir a los demás de tus traiciones
de esa juventud intemporal y perfecta;
a quién aviso de tu juicio perdido,
de tus crímenes bárbaros,
de la aventura que causa hábito;
quién reconocerá tu cadáver risueño
en un cuerpo desollado entre las rocas
por las arpías cosmopolitas;
dónde erigirte un altar cuando muerto flotes
abandonado por la luna
igual a las ratas después de los naufragios;
ante quién demandaremos
como los hombres engañados
el rencor de tus traiciones en la parranda de los puertos,
quién dará más
por la ruleta rojinegra
en el tumulto de tus permutaciones que lo buscan todo,
en el caos constructor de tus pleamares
como el abrazo desbordado de las mujeres seducidas;
qué pinceles,
qué colores
qué instrumentos
qué aparatos de la modernidad,
capturarán tu sinrazón,
la desmedida truculencia divina del tercer día,
tu creación sin licencia,
tu inexplicable liquidez,
el tenebroso frío de tus entrañas que albergan
el inventario pretérito de los engendros;
qué furor inigualable,
qué conjuro de fuerzas,
se me ocurre pensar,
alcanzó la esplendidez de tu parto;
cómo nos bañas a todos amantísima madre,
y nos acoges en las horas tórridas
y nos alimentas en el hambre ancestral
y desecas nuestra piel
y nos bendices con tu cáncer
y nos haces ínfimos
y creyentes y ateos y panteístas,
y nos haces cantar
y huir con la mujer que ilusionamos
pero que no existe;
quién te da esa impunidad
mar de los mares,
torbellino de las ventiscas,
chubasco de los estrechos y las ensenadas,
catarata vertical,
curva euclidiana del horizonte,
lógica de la séptima ola;
enfurecido mar que te entregas al mejor navío,
prostituido y rústico mar,
mar monacal,
mar acústico,
mar prístino,
mar que se enerva,
mar turgente,
mar eoliano,
mar profuso,
mar océano,
mar Jano,
mar Príamo,
mar de fondo;
mar de la mar,
para amar y ser amado,
mar que resucitaste en la cuarta era,
que ascendiste sobre la escala del planeta
para dormir a la diestra del hombre
y de las riberas encantadas,
mar que te sabes poderoso y abusivo,
incontenible y melodioso,
lujurioso y asexuado mar,
mar enclaustrado al habitar en mí,
mar de los niños que te roban a cubetas.
En qué ruta zozobraré,
con qué dolor,
con qué desmayo me diezmarás,
qué puertos en ese fugaz instante traerás a mis ojos
como los naipes me dejarás volver al juego,
al método portuario,
a la aduana de la misericordia,
en la que los impíos son cateados y presos,
permitirás que caiga sin convulsiones
que te nombre para llevarme en la boca
el sabor de tu beso mortífero y salobre,
la sabia posesión de quien lo sabe todo.

De “Tornaviaje”


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