sábado, 24 de enero de 2026

ALEXANDRA DOMÍNGUEZ

 

  

Palabras con Camus

  

Cuando tenía doce años mi padre me habló de El Extranjero,
pero yo todavía no era una extranjera.
Tiempo después, cruzando el Magreb, fuimos hasta Orán,
era la estación en que las calles
tienen el color del cobre y huele el aire a kif.
Al atardecer yo me perdía entre el murmullo de la kasbah,
imaginaba puñales relucientes bajo las túnicas,
escarabajos de oro sobre las fragantes alfombras de comino y anís.
Nada quedaba ya de la vieja Francia,
apenas la flor del mal, apenas la flor del bien.
Cuando tenía doce años mi padre me habló de El Extranjero,
pero yo todavía no era una extranjera,
así que oí la voz del muezzin y entendí lo que entendí.
De alguna manera se puede decir que amábamos a Camus,
esas cosas que se aman al leer un libro,
la vida de otro que es también tu vida,
el que se desploma sobre la almohada de hierbabuena de la muerte,
el que mata con el mismo cuchillo con que corta el pan.
Los franceses se habían marchado con sus novelas de Balzac,
los pieds noirs bautizados con té azucarado y agua de Dior,
los narices largas de monsieur Pompidou.
De Flaubert sólo quedaba ya Camus,
un gato dormido sobre el mostrador del bar,
eso es lo que quedaba de Camus.

Cuando tenía doce años mi padre me habló de El Extranjero,
un extranjero es tener sed junto a la playa,
un extranjero es una sombra que va detrás de ti aunque no vayas.
En esta foto somos tres, está mi padre,
está una sombra que no sé, estoy yo al lado.
En el horizonte se ve la chimenea de una fábrica ante el mar,
yo tenía doce años, quise llevármela conmigo.
Era humo, el humo de soñar que dejan desde entonces
al pasar por mi corazón los extranjeros.

Pero yo no era todavía una extranjera,
aquel no era todavía el lugar del crimen.
Ahora no me resulta difícil recordar,
yo caminé por esa playa siendo niña,
mi padre caminó hasta esa roca, la sombra nos siguió descalza.
Esta no es una hermosa historia, pudo serlo,
pero ya no es una hermosa historia, soy una mujer.

 

 

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