martes, 13 de septiembre de 2016

ÁLVARO GARCÍA



  
Galeones



Tesoro de un naufragio es el naufragio mismo,
su memoria callada y encallada,
su silencio abisal y su misterio
transitado despacio por los peces.
Se naufraga para algo.
Lo que ahí abajo late sin latir
es el haber perdido
flotación en la historia y ser sustancia
de la que el tiempo se alimenta.
Los siglos no andan solos,
comen derrotas,
trizas de pabellones,
afanes que navegan y que un día se hunden.

Cuando el mar le hace sitio al barco,
la memoria no es sólo
astillería húmeda que pasa del abismo
a la mañana del museo.
Es también galeones que yacen en lo oscuro.

La luz le duele un poco
al fragmento de barco que vuelve con poleas y derramando olvido.

El tiempo se despieza y es algo más que piezas.
No es ajuar en vitrinas y es temblor.
Es vida oscura o luminosa.
O algo intermedio,
que tal vez sea el espíritu y que escapa
mientras secamos piezas con un rótulo al lado,
como piratas de nosotros mismos.


De: "Para lo que no existe" 



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