Derivación
Sexo
era sobrino de Independencia y Amplitud de Miras.
Hijo de una hespéride, Libídine, que huyó del grupo,
y de un fauno dulcísimo, pasaba la niñez en diálogo
con su prima Masturbación.
Juntos iban al teatro, a la montaña mágica, lugares donde
la nuca se vuelve y una queda cortada en medio de una frase.
Hermafrodita
era más rico que Sexo. Vivía en un palacio con su tutor, Eunuco. Era hijo de la
bella durmiente y de los siete enanitos. El hada Merlina volvía helada luego de
las excursiones con Príapo. Temía, pero ya era tarde. Mitología y sus rumores
no alcanzaban a Sexo, que crecía contento ora de un lado,
ora del otro. Hermafrodita, en cambio, gustaba pasearse
por los salones y observar el arte. Recorrió museos y galerías,
viajó en barco por el mar azul de los atlas; inventó la Cábala,
que permitía suponer muchas cosas, pero que en el momento
de realizarlas, llamaba en su auxilio a Alquimia para
que le ayudara.
Sexo
la conocía, y le irritaba mucho que ella supiera y el no. Decidió hacer una
sociedad: “yo pongo la fusión y tú luego trasmutas”, propuso. Emprendieron la
tarea con entusiasmo. Cosa que tocaban cosa que se volvía delicuescente. “No”,
dijo él, “hay algo que no funciona”. “Sí”, decía ella, “debe haber un punto en
que se confunda”. “Pero yo me deshago”, replicaba aquel.
Pasaron
los años. Llegó un señor del extranjero, casi sin equipaje, pero con mucho
prestigio. Es un decir, creo que
se le atribuyeron poderes inmensos porque el viaje había sido largo, pero en
qué consistía su mérito, todos lo ignoraban.
Hubo
quien intentó tomar la voz cantante y contar su vida.
Eran puras invenciones, aún hoy es un enigma mezclado
con la sociedad de su tiempo.
Sólo Sexo y Alquimia lo conocen, y dicen que cuando el timbre no suena, suele
hacerse llamar “Amor” a voz en cuello desde
el último piso.
De: “Tres
historias de sexo”
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