El
Castillo
Lo
poco que sé se oculta con un disfraz que le regalaron
a mi madre hace infinitos años, y que provenía de Siam.
Me presenté a la fiesta con él y pronto descubrí lo raído
y miserable que era.
Se pensó que en ello residía el estilo (siempre que no se distingue el estilo
se lo supone inmenso puesto que no se ve), pero yo sabía que era prestado,
aunque un recuerdo muy vago de quién era ella me impedía reconocerlo como
ajeno.
El
Castillo se vendía de pie, se enajenaban objetos preciosos
que la gente no alcanzaba a pagar, ni tampoco deseaba.
Por esto es seguro que aún hoy permanece como entonces, erguido y soberbio con
la remota intención de entrar en subasta, pero sólo para verificar el deseo de
quienes pasan.
De: “Argonáutica”
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