Verano
Para
la ascensión de mis ojos,
déjame apenas
la violencia solar.
Mi
fe se llama
azulamiento atroz que canta:
ciclos que ciñen
la sumisa tierra de oro.
La
sombra velocísima del fruto
que sostengo quebrándome
me alimenta de pájaros.
Para
el prestigio de mi destrucción
déjame apenas
los alcoholes frenéticos del aire.
Por
mi sangre descienden
a su único sueño,
reunido, fervoroso, que se tumba
y muere.
Suben
entonces mis niños ágiles,
destruyendo, a tu vientre.
Mucho
más lejos, una vibración entre dos saltos,
—esta lejanía es todo mi pecado—
la ulterior población dulcemente desnuda
danza en la luz.
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