XXV
Juan
Calvino, amigo mío,
rebélate,
no dejes que Dios te afeite
si fuiste lampiño desde siempre.
Y lo digo por el bien tuyo
y el nuestro por los dineros
que pastores legos
arrancan de los ingenuos,
intuyo,
que anhelan lo venidero.
No hay tregua, pastor dilecto,
pues ni el mundo de los poderosos
se achanta ante el saqueo.
A Dios gloria eterna
y al grito de su nombre
vuelan las alforjas preñadas
para el hurto vociferante
de cualquier simple hombre
que abraza lo preponderante.
De:
“Nuestros amigos los nautas”
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