III
Cuando fui a China,
pensé que todo era mentira
mi dictadora interna despertó enfurecida conmigo
para dedicarme todo tipo de regaños altisonantes y paranoias grandilocuentes.
Cómo yo, mujer de 45 años, iba a ser invitada a leer mis poemas
tan lejos.
Pasaron los días y sí, era cierto.
Yo, mujer que escribe desde el sur global, estaba invitada a China.
Durante 11 días, dejaría atrás el levantarme a las 5:30 a.m. para otros,
las loncheras y las mochilas de mis hijos
el peso existencial de criar.
Los uniformes, los dobleces, todo.
Sería recibida, otra vez, en los salones importantes de la literatura mundial.
De los que, a menudo, me siento lejos.
Luego, vino el miedo mortal a volar.
Las trampas de la mente cada vez más acuciantes. Renunciar, no ir.
Pero una fuerza estomacal llamada terquedad me llevó a prepararlo todo.
La visa, las maletas, un poco de dinero.
El aplomo para dejar a mis hijos al cuidado de otros.
Qué bueno que lo hice. Qué bueno que me atreví.
Frente a mí, desfilaron los guerreros de terracota, vi la Muralla China
despertarse para ponerse de pie, vino el recuerdo encarnado de mi madre hecha
tierra y piedras, los palacios, los lagos, las garzas, las terminales
aeroportuarias, los banquetes, los amigos, los poemas.
El lenguaje desconocido de lo distante y lo lejano.
Cuando fui a China, tuve miedo,
sin embargo, me gustó estar sola
y volver a saber que soy sola,
que no soy solamente una madre, una compañera, una docente,
sino una poeta, viendo por la ventana en la habitación 20 del piso 10,
de un hotel apodado El Nido,
en Beijing, diciéndose,
“has llegado hasta aquí, no desistas”.
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