La
culpa la tiene Pedro Infante
La
culpa la tiene Pedro Infante, a él, mis amores fallidos.
Que, de tanto quererle, de tanto adorarle,
su porte distinguido, sus ojos pizpiretos,
caí con uno que ni guapo ni infante,
ni simpático, ni a caballo, ni trabaja, ni socorre,
pero canta cuando bebe, dedica canciones
y promete amor eterno.
¡Pedro,
Pedro, canijo! ¡Pedro, ya estuvo! ¡Pedro, amor mío!
La culpa es de Pedro Infante,
que llevaba serenata para pedir perdón y no permiso,
que cantaba cuando se emborrachaba
y tomaba lo que decía suyo.
¡Ay,
mi Pedro de espaldas anchas! ¡Mi Pedro canijo!
Por él, me hice de un amor sufrido.
Hombre que hace lo que le da la gana,
que amenaza cuando se siente herido.
Queremos
ser chorreadas y engendrar prole,
para que nos canten al oído.
“Amorcito corazón”, dulzor de la palabra.
¿Dónde nuestro carpintero cantor?
Soñamos “compañeros en el bien y el mal”,
y admitimos borrachos que van y vienen,
que nos quieren y no.
¡Ay,
Pedro, Pedro querido!
El que canta y llora es bueno,
porque, en las lágrimas, se redime.
Galán, a punta de pistola, guapo como ninguno.
Ahí viene el charro cantor,
aquí truenan sus pistolas o nos lleva el río.
Chantajea el que ama, grita el que quiere.
“Es por tu bien que te encierro, amor mío”.
¿La
culpa la tiene Pedro o culpa tiene quien lo hace compadre?
“Noche tras noche” vamos hilando el destino.
Hoy, ni a caballo, ni dos alegres compadres.
“Me cansé de rogarle”, de vivir un amor sufrido.
Que ya existen las películas a color,
los machos, machos son y, en últimas instancias,
Pedro era novio de mi abuela y no mío.
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