Un
salvador
Conozco
los placeres
de una infancia junto al prado,
el vallado y los terneros temblorosos;
conozco la muerte cegadora del padre,
lejana, perfilado su cuerpo contra poniente;
conozco el feliz despertar
de las formas y los cantos del pájaro en la aurora;
conozco el eclipse súbito de la distancia,
la hondura del tiempo en cada vuelo
que no encuentra destino;
conozco las pausas de los sueños atravesando el mar,
conozco cómo crecen esquivos los años
en los confiados vástagos de tu estirpe;
conozco los jirones de la memoria
cuyos restos ocupan una alcoba que nadie visita,
las fortunas y la búsqueda de los futuros tesoros;
conozco ese mundo natural
que se escapó de entre tus manos
y ha de encontrar ahora otro lugar.
Conozco el amor y su filo de doble espada,
un rosal con sus espinas, un fango
que se muestra bajo aguas cristalinas;
la mirada exangüe de quien ha recorrido tu cuerpo
y lo abandona con desdén.
Conozco un cielo raso cuyo horizonte
sólo nimbos esconde y predice.
Conozco
el final.
Porque
lo dicen tus labios cerrados.
Porque lo leo en tus párpados.
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