Presagio
Por
las cuencas de sus ojos
se filtra un presagio:
es la muerte.
La
anciana deja de contar las leguas,
sus pies terracota
sostienen la marcha.
A
Panzós va Mamá Maquin
y con ella sus alas,
dos pequeñas niñas, hijas de sus hijas.
Ellas la siguen,
desdoblan sus huesos sobre la tierra
se van armando y desarmando.
Ellas, sus niñas descalzas,
se llenan la boca seca
con flores del monte.
Si
tan sólo Ixmucané le enviara una
advertencia:
un mono blanco
un león purpúreo
o viera su cabeza rodar por el suelo.
Si
tan sólo se apiadaran de ella y de su pueblo,
ya Gucumatz, ya el dios cristiano.
Si al menos Dios estuviera mirando,
e invisibles hiciera los senderos
que llevan a Panzós.
Ausentes
son las señales.
La muerte le ha puesto miel a los caminos.
La anciana mira hacia el cielo e implora:
¡Invoco a Huracán Chipi-Caculhá
Raxa-Caculhá,
al Corazón del cielo,
al Corazón de la tierra,
al Creador, al formador,
a los progenitores!
¡Ixpiyacoc, Ixmucané,
les hablo, les invoco
para que me sean favorables,
para que vean por mis niñas!
El
silencio de los cielos y la tierra,
cae en su corazón.
Rosa
Maquin arriba a la plaza;
se abre paso entre la gente;
quiere hablar con el señor de blanco.
¿Cuántos metros hay entre la anciana y el fusil?
¿Cuánto debe pedir para encontrar la muerte?
¡Un pedacito de tierra, no más,
una tierra baldía!
Entre
las espesas nubes
su cabeza se quebranta,
cual los dientes de una granada.
Aferradas
al cuerpo de su abuela,
las niñas han visto
hombres taladrar hombres.
No siempre nacen alas
con llamados de viento.
De: “Poemas
para la revolución”
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