Haru
Urara
Perder
en los hipódromos es otra cosa;
cuando todos apuestan al número rojo,
al impar en las pistas del polvo ácimo;
no se trata solo de perder,
sino de hacerlo donde todos
tiran su última moneda
Perder,
en todo caso,
también es un arte,
una manera
de justificar la ruina
Un
caballo purasangre como Seabiscuit
terminó en la memoria de las estampillas
como un símbolo de esperanza
durante la Gran Depresión
En
cambio, Haru Urara,
entró a la historia con dignidad,
sin ganar para su Jockey una sola carrera
Salió
a correr en espesos lodazales,
pantanos crecidos en barro sobre heno,
la esperanza de los que se saben
irremediablemente perdidos
Es
sencillo ser como Frederik El Grande,
el caballo más guapo de la historia
con sus crines en ondulado hollín
al que todos ven galopar
con su larga melena al viento
y no
ser
el desafortunado Helhest,
decrépito, enfermo,
con sólo tres patas nórdicas,
un caballo junto a Hela en el inframundo,
cabalgado solo por la muerte.
Un caballo del que todos huyen
con solo escuchar sus cascos
como se huye de una desgracia futura.
Hacer
un trato con Helhest,
es hacerlo con el oculto corazón
de los carbones en las minas
Nosotros
encontramos mayor cobijo
en la desesperanza
Nosotros
que vivimos del abandono
rotos en tantas partes que solo
causamos la ominosa compasión
de los alegres, los afortunados
No
fuimos ni seremos nunca
como el equino tarpán, Othar,
el temible caballo gris de Atila,
Rey de los Hunos, que donde pisa
no regresa hierba jamás
O
como Marengo,
el caballo de Napoleón que combatió
en Austerlitz, Jena-Auerstedt, Wagram,
con ocho heridas profundas sobre su carne,
prisionero en Waterloo, sobreviviente
a trescientos caballos muertos,
con su osamenta en el Museo Británico
No
seremos paridos por dioses nórdicos
con ocho patas como Sleipnir, para Odín,
ni tendremos la suerte de ser amados
como “Palomo” el caballo blanco
[de Simón Bolívar,
ser la otra mitad del centauro
en las batallas de Bomboná y Junín
Nosotros
nacimos de los caballos
que se rinden en los hipódromos de sed,
siempre dando la última batalla
que no ganaremos
No
seremos tan grandes
como el As de Oros de Zapata
recordado en rancheras
ni viviremos la vida de Incitato
junto al emperador Calígula
por quien la ciudad dormía para su descanso
y recibía copos de avena, mariscos, pollo,
mantos de púrpura y joyería, una villa con
sirvientes y caballerizas de mármol
con pesebres de marfil
Apostaremos
a perder
porque es el mundo conocido,
y, aún así, los dioses nunca podrán
quitarnos la certeza de la duda
Vendremos
del barro como el polvo.
Deshechos de la nada y de sus briznas.
Agitados como la hierba
Doblados
como juncos
que no se rompen
Como
un caballo de tres patas
que aún galopa contra los dioses
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