Si
pudiera prestarte mi voz para que hable de tu vana jornada en la
que hurgas los basurales, del cansancio que ya no distingue la
enfermedad del desconsuelo, de tu regreso a casa por las doscientas
treinta escaleras con las manos colmadas de rancia oscuridad.
De
los amantes y de los libros nos queda alguna imagen,
deslustrada por la impertinencia del tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario