Lección
de historia universal
Hemos
logrado tantas cosas.
Hemos
domado el fuego, alcanzado la luna.
Hemos
auscultado el mundo con nuestros ojos merodeadores, con las videntes manos. Le
hemos puesto gasas y catéteres de expectativas y un bypass a la
germinación.
Hemos
hecho poemas para irrigar la tierra baldía (con tres heridas, tres, y cuatro
columnas de cieno que chapotean las aguas podridas, porque a pesar de saber
que en tierra en humo en polvo en sombra en nada, y a pesar de y de, la
más honda verdad es la alegría).
Metódicamente
hemos dudado, y hemos deconstruido y falsado, y también sido falsos.
Polinómicamente hemos descompuesto e igualado, y ajustado las fórmulas, los
moles, buscado la fusión (con todo) y la fisión (de todo). Entendido. Ignorado.
Destruido.
Hemos
creído que el nombre de Dios habitaba en las montañas.
Hemos
hecho música. Y silencio. Y 4’33’’, John Cage, música que es silencio (porque
todo silencio es el eco de una polifonía, o su sombra).
Hasta
milagros hemos hecho: pan y vino.
Y
hemos hecho la guerra, el ruido, nos hemos roto, no entraba suficiente luz ni
suficiente aire, teníamos que rompernos, el dolor truena y nosotros –antes
silbos y flautas traveseras– queríamos, errábamos, ya no sabemos nada, pero
cuánto lloramos, pero cuánto volvemos a matar.
Hemos
mirado a las estrellas como añorando un útero.
Hemos
querido enterrar a nuestros muertos, confiando en que lo bello no es inútil.
Todo
esto que hemos hecho, y lo que vendrá siempre, no han sido sino modos, más
torpes o acertados, de implorar el amor.
De:
“Ereignis”
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