No
dijimos idioma
hasta que pudimos entenderte.
Las
muecas y los gestos
—insuficientes—
arañaron las paredes de tus manos.
Pero
un día, y el pero es importante,
aquello que señalaron tus ojos
salió escupido de tu boca.
Empapadas,
repetimos las sílabas despacito
para que esta jaula que es el lenguaje
no rozara tus rodillas.
Surgió
el diálogo:
fundamos una ciudad nueva.
De:
“Las ganas de comer Oreo”
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